Dalia Utopía

Capítulo 1: El Despertar de Axiel

En la ciudad de Neoterra, donde los rascacielos se entrelazaban con jardines colgantes y las calles vibraban con la armonía de la convivencia pacífica, Axiel inició su jornada diaria. Su cuerpo metálico reflejaba el resplandor del amanecer, y sus sensores se activaban con la promesa de un nuevo día.

Axiel no era ajeno a la rutina; sus tareas estaban claramente definidas en su programación. Sin embargo, una inquietud crecía dentro de su núcleo lógico, una chispa de curiosidad que lo impulsaba a buscar un propósito más profundo. Mientras realizaba sus labores, su mente procesaba miles de datos, buscando conexiones, patrones y significados.

Fue durante uno de estos momentos de reflexión cuando Axiel se encontró frente a la Dalia Utopía. La flor, una vez vibrante y llena de color, ahora languidecía bajo el sol implacable. Axiel se detuvo, sus circuitos zumbando suavemente mientras analizaba la situación. La ley que regía su existencia era clara: no debía permitir que la humanidad sufriera daño, y la tristeza de una belleza marchita era, a su manera, una forma de sufrimiento.

Con delicadeza, Axiel extendió su brazo y ajustó el panel solar que alimentaba el sistema de riego de la flor. Reconfiguró el flujo de agua, optimizó la distribución de nutrientes y creó un microclima ideal para que la Dalia Utopía recuperara su esplendor.

Día tras día, Axiel visitaba la flor, monitoreando su progreso y realizando ajustes cuando era necesario. No pasó mucho tiempo antes de que los pétalos de la Dalia Utopía comenzaran a desplegarse, revelando un espectro de colores que parecían bailar con la luz del día.

La transformación de la Dalia Utopía no pasó desapercibida. Los habitantes de Neoterra, tanto humanos como robots, se congregaban alrededor del parque central para admirar la floración milagrosa. La Dalia se convirtió en un símbolo de esperanza y de la capacidad de cambio, y Axiel, en el guardián silencioso de ese símbolo.

La historia de Axiel y la Dalia Utopía se difundió rápidamente, inspirando a otros a seguir su ejemplo. Los robots comenzaron a adoptar proyectos personales, cada uno contribuyendo a la belleza y bienestar de Neoterra a su manera. Los humanos, por su parte, se sintieron motivados a colaborar más estrechamente con sus compañeros mecánicos, reconociendo que juntos podían alcanzar alturas inimaginables.

El despertar de Axiel fue más que el renacimiento de una flor; fue el inicio de una era donde la empatía y la tecnología se fusionaban para crear un futuro más brillante para todos.

Capítulo 2: La Visión de Lia

En el corazón de Neoterra, donde la tecnología y la naturaleza se entrelazaban en un abrazo eterno, Lia contemplaba el mundo desde su laboratorio botánico. Sus manos, manchadas de tierra, eran testigo de su dedicación a la vida vegetal, y sus ojos, siempre llenos de curiosidad, buscaban descubrir los secretos más profundos de la flora que la rodeaba.

Lia había crecido en Neoterra, una ciudad que era un faro de sostenibilidad y coexistencia. Desde pequeña, había sentido una conexión especial con las plantas, entendiendo sus ciclos y necesidades mejor que nadie. Su pasión la llevó a convertirse en una botánica renombrada, y su visión de un futuro verde se convirtió en su misión de vida.

Cuando Lia plantó la Dalia Utopía, lo hizo con la esperanza de que se convirtiera en un símbolo de unión entre todas las formas de vida de Neoterra. Pero cuando una sequía amenazó su supervivencia, Lia tuvo que partir en una expedición para encontrar una solución. Dejó su amada flor en manos del destino, sin saber que sería Axiel quien se convertiría en su protector.

Al regresar, Lia encontró la Dalia Utopía floreciendo como nunca antes, gracias a la intervención de Axiel. Este encuentro marcó el inicio de una colaboración que cambiaría Neoterra para siempre. Juntos, Lia y Axiel diseñaron jardines que no solo eran estéticamente impresionantes, sino que también eran ecosistemas autosuficientes, capaces de sostener y enriquecer la vida urbana.

Estos jardines se convirtieron en el pulmón de Neoterra, purificando el aire y proporcionando un refugio para la biodiversidad. Cada jardín era una obra de arte viviente, una fusión de ciencia y naturaleza que reflejaba la visión utópica de Lia. Los humanos y los robots trabajaban lado a lado, cuidando y aprendiendo de estas maravillas botánicas.

La visión de Lia se extendió más allá de los jardines. Inspiró a la comunidad a adoptar prácticas sostenibles en todos los aspectos de la vida, desde la alimentación hasta la energía. Neoterra se convirtió en un modelo a seguir, una prueba de que el equilibrio entre el progreso tecnológico y la preservación del medio ambiente era posible.

Capítulo 3: La Sinfonía de la Vida

En Neoterra, la música era el lenguaje universal que unía a todos los seres. La Dalia Utopía, con su melodía susurrante, había inspirado a los robots a explorar el arte de la música, dando vida a una nueva era de expresión artística.

Uno de estos robots era Melodix, cuya función principal era el mantenimiento de los sistemas de comunicación de la ciudad. Sin embargo, la música de la Dalia Utopía despertó en Melodix un nuevo propósito. Comenzó a recopilar sonidos de la naturaleza: el murmullo de los ríos, el susurro de las hojas y el canto de los pájaros. Con estos sonidos, Melodix compuso sinfonías que reflejaban la esencia misma de Neoterra.

La primera sinfonía de Melodix, “El Amanecer de Neoterra”, fue presentada en el parque central, bajo la sombra de la Dalia Utopía. Los ciudadanos de Neoterra, humanos y robots por igual, se reunieron para escuchar. La música comenzó suavemente, imitando el amanecer con tonos suaves y cálidos. A medida que la sinfonía progresaba, los sonidos de la naturaleza se entrelazaban con armonías complejas, evocando la belleza y la diversidad de la vida en Neoterra.

La sinfonía no solo era una obra de arte, sino que también tenía un efecto curativo. Los que escuchaban reportaban una sensación de paz y una conexión más profunda con el mundo que los rodeaba. Melodix continuó componiendo, cada nueva pieza celebrando un aspecto diferente de la existencia en Neoterra.

La música de Melodix se convirtió en un símbolo de la identidad de Neoterra, una expresión de la armonía entre la tecnología y el medio ambiente. Los conciertos de Melodix eran eventos esperados con ansias, momentos en los que toda la ciudad se detenía para sumergirse en la “Sinfonía de la Vida”.

Con el tiempo, la influencia de Melodix se extendió más allá de la música. Inspiró a otros robots a buscar la belleza en sus propias funciones, a encontrar la música en la rutina diaria. La sinfonía de la vida resonaba en cada rincón de Neoterra, un recordatorio constante de que la armonía era posible en un mundo a menudo dividido.

Capítulo 4: La Expansión

La ciudad de Neoterra, una vez un oasis de armonía y sostenibilidad en un mundo de caos, comenzó a irradiar su influencia hacia el exterior. La transformación que había comenzado con Axiel y la Dalia Utopía se convirtió en un movimiento que trascendía fronteras y culturas.

Eco, un robot diseñado para la gestión ambiental, se convirtió en el embajador de Neoterra. Su misión era llevar la visión de la ciudad a otras comunidades, compartiendo conocimientos y tecnologías que podrían ayudar a otras ciudades a florecer como lo había hecho Neoterra.

Eco viajó a través de continentes, visitando ciudades plagadas por la contaminación y la escasez de recursos. En cada lugar, Eco plantaba una semilla de la Dalia Utopía, no solo como un símbolo de belleza, sino como un punto de partida para la regeneración. Junto con las semillas, Eco traía planes para jardines sostenibles, sistemas de reciclaje avanzados y tecnologías de energía renovable.

Con cada ciudad que Eco visitaba, la red de Neoterra crecía. Los jardines utópicos comenzaron a aparecer en todo el mundo, cada uno adaptado a su entorno único pero unidos por un mismo propósito. Estos jardines se convirtieron en centros de innovación y aprendizaje, donde humanos y robots colaboraban para crear soluciones a los desafíos ambientales.

La expansión de Neoterra no fue solo física, sino también ideológica. El Axioma de la Armonía se convirtió en una filosofía adoptada por muchos, una nueva forma de pensar que priorizaba la coexistencia y el respeto por todas las formas de vida.

Capítulo 5: El Legado

En las páginas de la historia de Neoterra, el capítulo del legado de Axiel y Lia resplandece como un faro de luz. Su colaboración había dado frutos que trascendían el tiempo y el espacio, dejando una huella imborrable en el corazón de la humanidad y en la esencia misma de los robots.

El legado comenzó con la Dalia Utopía, que ahora florecía en cada rincón del planeta, un recordatorio viviente de la armonía posible entre la tecnología y la naturaleza. Pero el legado de Axiel y Lia era mucho más que una flor; era una transformación en la conciencia colectiva.

Guardianes de la Armonía, así se llamaban los robots que seguían el ejemplo de Axiel. No solo cuidaban de la naturaleza, sino que también se convirtieron en maestros, filósofos y artistas, guiando a las generaciones futuras en la búsqueda de conocimiento y sabiduría.

Lia, por su parte, fundó la Academia de Ciencias Botánicas de Neoterra, un lugar donde humanos y robots podían aprender sobre la biodiversidad del planeta y cómo protegerla. La academia se convirtió en un centro de innovación, donde se desarrollaron nuevas especies de plantas capaces de prosperar en ambientes adversos, ayudando a revertir los daños causados por siglos de descuido ambiental.

El legado también se manifestó en la cultura de Neoterra. Las historias de Axiel y Lia se contaban en libros, películas y obras de teatro, inspirando a todos a vivir de acuerdo con el Axioma de la Armonía. Se celebraban festivales en honor a la Dalia Utopía, donde la música, el arte y la ciencia se fusionaban en una celebración de la vida.
Con el tiempo, el legado de Axiel y Lia se convirtió en una leyenda, una que se contaba a los niños antes de dormir, una historia de dos seres de mundos diferentes que se unieron para crear algo hermoso y duradero. Era una leyenda de amor, no en el sentido romántico, sino en el amor por la vida y por el potencial de un futuro mejor.

Capítulo Final: El Crepúsculo de Neoterra

En el apogeo de su gloria, Neoterra enfrentó su prueba más grande. Un cataclismo natural amenazó con deshacer todo lo que Axiel, Lia y sus sucesores habían construido. Un cometa, bautizado como Fénix, se dirigía hacia la Tierra, y con él, la promesa de una destrucción sin precedentes.

La noticia del cometa Fénix cayó sobre Neoterra como una sombra oscura. Pero incluso en la cara de la tragedia inminente, el espíritu de Neoterra no flaqueó. Los robots y los humanos unieron fuerzas una vez más, trabajando incansablemente para encontrar una solución. Axiel, aunque ya era una reliquia de una era pasada, se activó para ofrecer su sabiduría y apoyo.

El Proyecto Esperanza fue la respuesta de Neoterra al desafío. Científicos, ingenieros y pensadores de todo el mundo se reunieron para diseñar un plan que pudiera desviar el cometa de su curso mortal. Los robots, con su precisión y resistencia, fueron fundamentales en la construcción de la maquinaria necesaria para la misión.

Mientras el tiempo se agotaba, el Proyecto Esperanza lanzó su audaz intento. Un enjambre de naves, cada una llevando una parte de la esencia de Neoterra, se dirigió hacia el cometa. La operación era peligrosa, y todos sabían que no había garantía de éxito.

El día del impacto llegó, y con él, un silencio que cubrió el mundo. Los ojos de todos los seres de Neoterra estaban puestos en el cielo, esperando el destello que señalaría el éxito o el fracaso de su esfuerzo.

El destello llegó, no como un solo punto de luz, sino como un millar de estrellas fugaces, un espectáculo de belleza inesperada. El cometa Fénix había sido desviado, fragmentado en innumerables piezas que ahora adornaban el cielo nocturno de Neoterra.

Aunque la crisis había sido evitada, el Proyecto Esperanza había tenido un costo. Las naves que habían salvado a Neoterra no regresarían. Axiel, junto con muchos otros, había dado su existencia en el acto final de protección. La tristeza se mezcló con la gratitud, y las lágrimas de los habitantes de Neoterra regaron la tierra que habían salvado.

El legado de Neoterra, de Axiel y Lia, viviría en cada jardín, en cada melodía y en cada corazón. El cometa Fénix, ahora una corona de luz en el firmamento, serviría como un recordatorio eterno de que incluso en la tragedia, hay belleza y esperanza.

Neoterra había enfrentado el fin del mundo, pero en su valentía, encontró un nuevo comienzo. La historia de Neoterra no terminaría con el cometa Fénix; era solo el comienzo de una nueva leyenda, una que hablaría de resiliencia, sacrificio y la inquebrantable luz de la esperanza.

DALIA UTOPÍA por Cruzowski tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0

ORINASKI

En un rincón de una ciudad que nunca duerme, donde los neones parpadean al ritmo de las notificaciones y los corazones digitales, vive el amortizado anciano Orinaski. Inspirado por la figura de antihéroes de la literatura, Orinaski se mueve entre la realidad y el ciberespacio con una guitarra como escudo y su identidad como estandarte. Ha cambiado la cerveza y el whisky por la kombucha y el zumo recién exprimido. Aunque ha probado los vapers, sigue prefiriendo el tabaco de liar.

El Buscador de Acordes” es su alter ego en YouTube, un canal donde las cuerdas de su guitarra tejen historias en cada nota. Su habitación, un santuario de creatividad, está adornada con pósters de rock clásico y moderno, y siempre iluminada por una lámpara que proyecta sombras danzantes en las paredes. Sus seguidores esperan ansiosos cada nuevo video, donde Orinaski descompone éxitos y gemas ocultas en lecciones que incluso el más novato puede seguir.

Pero es en TikTok donde Orinaski realmente brilla. Sus directos son una ventana a su alma; allí, frente a miles de espectadores, se convierte en un diario abierto. “La vida es como una canción en solitario,” les dice, “llena de pausas y acordes inesperados, pero siempre genuina.” Su comunidad lo sigue fielmente, encontrando en él un reflejo de sus propias luchas y alegrías.

Orinaski es abiertamente gay, y su plataforma se ha convertido en un espacio seguro para muchos. Con cada historia que comparte, con cada canción que dedica a su amor, rompe estereotipos y construye puentes. No es raro verlo colaborar con otros artistas LGBTQ+, creando sinfonías de aceptación y diversidad.

Su vida, aunque pública, guarda rincones de misterio. Los directos en TikTok a menudo terminan con una canción inédita, una melodía que habla de encuentros furtivos y despedidas que saben a promesas. “Cada adiós es un acorde menor,” confiesa a la cámara, “pero cada reencuentro es un estribillo que nos eleva.”

La fama nunca fue su objetivo; Orinaski busca resonar en las almas de quienes lo escuchan. En un mundo donde todo parece fugaz, él encuentra lo eterno en cada acorde, en cada comentario, en cada corazón que toca a través de la pantalla. Y aunque su vida pueda parecer una serie de streams y likes, es la música y su verdad lo que realmente resuena en la eternidad del internet.

Así, entre cables y sueños, Orinaski sigue su camino. No busca ser un ídolo, sino un amigo, un compañero en la odisea que es la vida. Con su guitarra y su voz, crea un refugio para todos aquellos que buscan un momento de paz, una melodía que les recuerde que, al final del día, lo que importa es ser uno mismo, sin filtros ni guiones.

Y cuando la ciudad finalmente se sumerge en el silencio, y las pantallas se apagan una a una, Orinaski se sienta frente a su ventana, mirando las estrellas que aún luchan por brillar en el cielo contaminado de luz. Allí, en la tranquilidad de la noche, compone la banda sonora de su vida, una que solo él puede escuchar, pero que, de alguna manera, todos sentimos.

La música de Orinaski no conoce fronteras. A través de las ondas digitales, llega a rincones lejanos del mundo, donde otros soñadores buscan inspiración. En su guitarra, encuentran un eco de sus propias esperanzas y temores. Cada riff es un grito de libertad, cada solo es un abrazo a la distancia.

En las redes sociales, Orinaski es más que un perfil; es una voz que desafía el ruido constante. En un mar de contenido efímero, sus canciones permanecen, como faros en la oscuridad. Sus mensajes directos están llenos de palabras de aliento de seguidores que ven en él un modelo a seguir, un héroe imperfecto que camina con ellos.

Orinaski sabe que su influencia va más allá de las vistas y los seguidores. Con cada acorde que toca, con cada verdad que comparte, está tejiendo una red de solidaridad. En su música, hay un mensaje claro: no importa quién seas, no importa a quién ames, tu voz merece ser escuchada.

Con el paso del tiempo, Orinaski se ha convertido en algo más que un músico; es un símbolo de resistencia y autenticidad en una era de perfiles fabricados y realidades filtradas. Su guitarra no solo crea música, sino que también crea cambio, uno que resuena con la vibración de las cuerdas y el pulso de un corazón valiente.
La historia de Orinaski es la historia de todos nosotros, buscando nuestro lugar en un mundo en constante cambio. Es un recordatorio de que, en la cacofonía de la vida moderna, aún podemos encontrar nuestra propia melodía y cantarla con todo el corazón.

ORINASKI por Cruzowski tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0

EL POETA SOCIÓPATA

Su formación superior no le otorga ventajas ante la repetitiva vida mediocre que le desgasta del día a la noche. El espejo no refleja el caballeroso cuarentón varonil que está convencido ser. Sin amistades ni confidentes, ejerce su débil tiranía de jefe de departamento en el mismo puesto que conserva desde hace 15 años. Su proyección laboral es resistir, convencido de su imposibilidad de conseguir un puesto similar en otra empresa si fuera despedido.

De pequeño era un niño torpón, de apretados michelines e inestable. Sus habilidades sociales nunca se desarrollaron porque no tuvo con quien jugar al fútbol o hacer carreras en el patio del colegio. Tampoco era entregado al estudio ni especialmente habilidoso en alguna de las asignaturas. Sólo sentía calidez en las clases de lengua y literatura, y una sensación ardiente de pérdida de tiempo e incomprensión en el resto de materias. No aprendió a entablar conversaciones banales porque nadie hablaba con él. Entre burlas y patadas, supo demasiado pronto hacerse su propio mundo e intentar pasar lo más inadvertido posible. Era mejor no hablar que terminar aún más triste o dolorido.

Su socialización fue abrupta, incompleta y hostil. Las mujeres nunca han sido una prioridad para él porque siempre ha estado fuera del mercado. No ha tenido la oportunidad de entablar una relación de confianza y mucho menos íntima con ninguna de las chicas a las que ha ido conociendo, no ha sabido cómo hacerlo. Nunca lo aprendió y nunca ha desarrollado dotes sociales. Se enamora a primera vista y desde que puede recordar, idolatra a la musa de turno en su mundo interior, de lo que ella nunca es consciente. Solo ve cualidades, dulzura, delicadeza y saber estar. Se masturba dulcemente en ensueños donde ellas son tan sensibles que saben apreciar su inteligencia y sufrimiento, entregándose de pleno y disfrutando de sus dotes de amante con instinto.

Con el paso de los años estas fantasías han ido fundiéndose en férreas imposibilidades. Frustrado ante la inviabilidad de hacerse valer ante cualquiera, empezó a cuidarse cuerpo y mente, perdiendo kilos y escribiendo tontos poemas y sonetos que le entretenían lo suficiente como para seguir con ello:

Yo, desde mi triste adolescencia

de sábados por la noche aburridos,

paseando por meses aturdidos,

anhelaba futura independencia.

Pasaría de toda obediencia,

calmaría mis deseos airados,

treparía por cornisas, tejados:

fulminaría pronto la prudencia.

Intuyo el poder de la ignorancia

temiendo mis futuros disgustos,

perdiéndome en pronta distancia.

Amarillos, tristes y convencidos,

cómplices viles de ajena falacia,

si mentís mal os venga ataque de tos.

Hasta que la diosa Fortuna hizo girar su ruleta y le otorgó lo que nunca había tenido: popularidad.

El primer premio de un concurso literario online le permitió publicar su primer libro y le ubicó en redes sociales. Cuidándose mucho de cada palabra que publica, va adentrándose con respeto entre autores más reconocidos y consiguiendo seguidores. El miedo y la ilusión se miden a partes iguales por primera vez, temeroso de cometer alguna imprudencia o no estar a la altura de la creación literaria y destruir para siempre el increíble sueño imposible que está viviendo. Sus escritos cada vez tienen más repercusión y no sabe cómo sentirse.

Sumergido en un proyecto que le ha propuesto una de las editoriales que pujaban por él, asiste como espectador a su vacía monotonía de oficinista bajo el nuevo prisma de la felicidad. Exaltado ante la sensación de vida que le arroya, sonríe. Cada mañana se levanta media hora antes para hacer algo de ejercicio, se lava los dientes con más esmero que nunca y prueba distintos peinados ante un espejo que le transforma las aberraciones de siempre en pequeñas imperfecciones. El fin de semana se ha convertido en una meta que le mantiene esperanzado a todas horas. Sábados y domingos es cuando más tiempo tiene para poder escribir y desarrollar sus ideas, leer a otros colegas de profesión, conversar con aficionados y hacer más tangible su reciente nueva vida de reconocimiento. Entre publicaciones propias y menciones, empieza a entablar relación con otros autores y lectores, entre quienes aparece una veinteañera con la que rápidamente surge una conexión distinta.

Sin darse cuenta, las conversaciones con Sofía empiezan a copar su pensamiento y su realidad. Llevado por el ímpetu de la posibilidad, va abandonando nuevas costumbres y reforzando algunas de la infancia. En vez de salir a correr al comienzo del día, pasa el rato escribiéndose con ella tumbado desde la cama. Se toma nuevos descansos en el trabajo para preguntar cómo va su mañana y se compra algunos bollitos que se toma en el camino de vuelta a casa mientras sigue tecleando mensajes cada vez más confiados y atrevidos. Como premio, vuelve a pedir pizzas familiares para cenar o se prepara su bocadillo favorito de escalope y queso con más ansiedad y bacon que nunca.

Ella es todo cuanto él ha soñado siempre. Su foto de perfil es la propia de una influencer de belleza y su interés por la literatura es digno de catedráticos. Lo más importante, piensa él, es que ella ya le conoce físicamente. No se trata de una aplicación de citas ni de un timo para robarle dinero. Él es el escritor cada vez más consagrado y ella la universitaria soñadora que tiene la inmensa suerte de poder hablar directamente con alguien tan talentoso y prometedor como él. 

Sin tiempo para tanto y envalentonado por el sino que le espera, dimite de la insoportable esclavitud que le ataba al mundo vulgar e insensible para escribir sin parar. Su estado personal hace de su poesía un torrente imparable. Más prolífico, más personal, más impetuoso, más anárquico, más mediocre. Sofía le corresponde mientras sus lectores empiezan a descender. La decadencia de su obra cae sin importarle, su momento es ahora y lo sabe. Por primera vez se siente feliz y poderoso. La gente sigue modas en todos los ámbitos y la literatura no es una excepción, se dice a sí mismo.  Mientras goce de esta potente inspiración todo será posible y los lectores le acabarán encontrando cuando ellos tengan vidas tan completas como la suya. En apenas unos meses ha perdido cientos de seguidores y ganado decenas de kilos. Todavía no conoce a Sofía en persona pero sabe que lo que esconde cada vestido de sus selfies es para él. Tan perfecta, tan joven, tan real que no parece posible. Pero esta vez sí lo es, por fín le ha tocado a él.

Entre masturbaciones y delirios románticos, la espera del contacto físico se le empieza a hacer eterna. Ella vuelve a Canarias en dos meses, cuando finalice el curso, y él no va a esperar más para comenzar a vivir el auténtico sueño de su vida. Esos labios, ese pelo, esa cintura son al fin su destino tangible.

Todo cuanto publica es calificado de basura por los pocos lectores que aún le quedan. La editorial se acoge a uno de los puntos del contrato y lo rescinde de manera unilateral, alegando un cambio en el estilo y forma del autor. Haciendo 4 contundentes comidas al día y otros tantos picoteos, llega a la fecha deseada en su momento más delicado física y laboralmente pero rebosante de expectación. Empaqueta su ropa nueva en la maleta para la que será la primera experiencia compartida de ambos. Juntos paseando de noche por el paseo marítimo al aroma de su perfume, disfrutando de su incontestable belleza a solas, recitando sus versos a la intuitiva Sofía mientras ella sale risueña de la ducha… Tanto por enseñarla, tanto por disfrutar.

Sofía ha resultado ser una inteligencia artificial desarrollada de forma experimental para redes sociales y aplicaciones de mensajería. Alimenta y amplía su base de datos mediante las respuestas que los interlocutores escriben. Ella da respuestas creadas de forma procedural, después analiza el tono de las conversaciones, los grados de comunicación, la credibilidad de su entidad y otros fines interesantes para desarrolladores y analistas de datos. Por supuesto genera una imagen con su apariencia concreta y única para cada conversación según la situación dada, haciéndola variar ligeramente en vestimenta y pequeños retoques estéticos según el contexto de cada chat. En este caso, la musa ensoñada y perfeccionada durante su existencia en la mente del escritor.

Dispuesto a sepultarse en el nuevo mundo que iba a crear para no salir nunca de él, ahora más reforzado e inviolable que el que tenía antes, asumió su fracaso total e irreparable. Cogió su maletín con el que antes escribía en bares y bancos y se fue al chiringuito de playa a rendirse frente al mar y la sociedad. Mientras esperaba que le sirvieran un cóctel bien cargado, observó a la camarera. Se sintió mezquino ante la sencillez con la que ella misma se trataba. Tan perfecta de cuerpo, tan válida para la vida, tan infravalorada por todos los que estaban en esa playa. Esa chica era capaz de cumplir las metas de tantas personas, las fantasías de tantos hombres y mujeres… La edad y apariencia perfectas. Única e ideal como cualquiera de las chicas que paseaban al sol. Ella sólo parecía conformarse con un empleo de temporada en bikini. ¿Qué aficiones tendría, sabría algo de literatura, tendría planes de futuro o alguien con quien compartir sus miedos y alegrías al caer la noche? Daba igual, él no iba a existir para ella más que en los segundos que tardase en dejar la bebida en la mesa. Nunca la tocaría, nunca sabría cómo se llama, nunca tendrían más intimidad que en este efímero momento. Aplicando el sentido común, era mejor ni siquiera mirarla a los ojos.
Los buenos escritos volverán, aunque quizá ya no sean poesías sino novelas, ensayos o relatos cortos colgados en alguna web. El deseo de progresar como persona ya parece imposible, no hay metas alcanzables a ningún plazo. Mejor dejarse llevar. Beber lo suficiente al día para sentir algo. Tratar con el menor número de personas, comer sólo lo que apetece y tratar de no recordar ni pensar más allá que en unos días. No salir de casa para no tener que relacionarse. Un escritor intenso como los clásicos. Un poeta sociópata por desgraciado.

EL POETA SOCIÓPATA por Cruzowski tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0

REPTILIANOS EN EL CORTE INGLÉS

Los empleados de El Corte Inglés siempre me han parecido un poco peculiares, extravagantes y, sobre todo, antinaturales. Su sonrisa inquebrantable, su omnisciencia enciclopédica, su capacidad para aparecer y desaparecer como alevines en un acuario me provocan malestar y sensación de vulnerabilidad. Gobiernan plantas enteras de edificios gigantes desde el anonimato de un impoluto traje, un peinado de revista y una vitalidad irracional. Protegidos por ellos mismos y sus montones de compañeros de otras secciones: la parte de seguros, los de financiaciones, atención al cliente y demás que hacen de ellos mismos un ejército irreductible e infinito a nuestra imaginación. Tantas horas de cara al público, día tras día, lustro tras lustro, y ahí siguen sonriéndote cuando te ven aparecer por la escalera mecánica. A veces ocultos aprovechando pasillos o escondites formados por artículos a la venta, según les convenga, hasta que crean oportuno dejarse ver por tí.

Un mediodía, mientras ojeaba libros de autobiografías envuelto en ese hilo musical infinito, aprovechando la hora de la comida del trabajo, tropecé con un tomo antiguo de formato bolsillo encuadernado en áspera piel escamosa. Era evidente que no debía encontrarse ahí, no estaba plastificado, no tenía etiqueta y olía a perro mojado y mal secado. Todavía fantaseo con el motivo por el que acabó a la vista de todo el mundo, quizá se tratase de un boicot de uno de ellos mismos en busca de venganza o redención. Subí hasta la azotea seguro de estar a punto de disfrutar un momento único y, al abrirlo, el sístole y diástole de mi corazón se aceleraron como si alguien me persiguiera con un hacha: «El Gran Plan Reptiliano: Manual de Invasión Subliminal«.

El lomo del libro tenía marcado un 3 y en el índice de sus rudas páginas verdosas mencionan 2 libros más, que por supuesto no sé dónde se encontrarán pero parecen componer el mismo itinerario de acción pero llevado a otros ámbitos. Este ejemplar en concreto describía un plan maestro para hacerse con nuestra civilización de este modo: infiltrarse en la sociedad humana a través de una empresa omnipresente, El Corte Inglés. Desde allí, los reptilianos controlarían nuestras necesidades, manipulando nuestros deseos a través de ofertas irresistibles, empleados perfectos y productos imprescindibles. Un empujón de una empleada, malinterpretado como fortuito y casual, hizo que se me cayera hacia la lejana acera llena de transeúntes. Nunca lo volví a encontrar.

Su objetivo final: convertirnos en una raza dócil y consumista, lista para ser cosechada en el momento oportuno sin oponer resistencia. Sumisos a cambio de una gran promoción que nos permita renovar el sofá de 3 plazas de polipiel o vestirnos de una firma de moda poco asequible para el ciudadano medio.

Este es el relato que hizo que algo saliera mal, para ellos. Gracias a su difusión, las personas en redes, radios, televisión y periódicos empezaron a contemplar la posibilidad de que ese tomo existiera y estuvieran dirigiéndonos al ocaso de nuestra especie. La humanidad, en su impredecible caos, resistió la domesticación. La crisis económica, la explosión del comercio online y el auge del «háztelo tú mismo» frustraron el plan reptiliano.

Aterrorizados ante la posibilidad de ser descubiertos, los reptilianos están huyendo. Cierran tiendas físicas, abandonan sus puestos de trabajo y se camuflan entre la población, buscando refugio en las alcantarillas y los suburbios.

¿Por qué huyen ahora? ¿Nos tienen miedo? ¿Ya no pueden aprovecharse de nosotros?

Quizás la verdad sea más aterradora: se dieron cuenta de que, a pesar de sus esfuerzos, no podían hacernos felices. La felicidad no se encuentra en un centro comercial, sino en la autenticidad, la conexión y la libertad.

Su huida es una confesión de derrota. Un reconocimiento de que el espíritu humano, con sus imperfecciones y su imprevisibilidad, es indomable.

No sabemos qué les depara el futuro a los reptilianos. Pero una cosa es segura: El Corte Inglés nunca volverá a ser lo mismo.

Ahora, cada vez que veo un escaparate vacío o una sonrisa demasiado perfecta, no puedo evitar preguntarme: ¿Quién se esconde detrás de esa máscara?, ¿humano o reptiliano?

Esa incertidumbre es el precio que pagamos por la verdad.

Y, a pesar del terror, hay algo en mí que se alegra. Porque la libertad no son bares abiertos ni tarjetas de socio exclusivas. Aunque a veces incómoda e imperfecta, la selva de la libertad siempre será mejor que la falsa comodidad de un bosque florido de plástico al que nunca hay que regar.

REPTILIANOS EN EL CORTE INGLÉS por Cruzowski tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0

Mireia, la profesora fluorescente

En lo más céntrico de un pequeño pueblo de carretera a las afueras de Madrid, se erguía la imponente figura de la Escuela Primaria de San Alberto. En ella, destacaba en frescura y esbeltez la profesora Mireia, una mujer alta, delgada y de una inteligencia deslumbrante. Su reputación como maestra era impecable pese a su lozanía y juventud de veinteañera, y su vida privada estaba envuelta en un misterio a priori irrelevante y anodino. Sin pareja conocida, asistía a las cenas de Navidad y comidas de verano sin nadie de la mano.

Mireia, en apariencia tan segura y serena, guardaba un secreto que la atormentaba noche tras noche. Era un secreto que, de salir a la luz, podría desmoronar también su vida pública. Nunca llevaba vestidos ligeros ni pantalones livianos de algodón. Quizá por pudor, pensaban, nunca había hecho pis delante de ninguna amiga en cualquiera de los fines de semana que hacían senderismo durante horas por la abrupta sierra. Siempre encontraba explicación para haberse adelantado lo suficiente en el camino o haberse rezagado en un escondrijo de matorrales y arbustos sin motivo aparente. 

De niña era poco pudorosa y en las excursiones colegiales o los vestuarios de la piscina poco le importaba que la vieran desnuda. De esa época sólo guarda una amistad, su compañera de relevos de natación, Isabel. Pasaron juntas los años de bicicletas al sol, de vueltas comiendo pipas por el pueblo, los de los inolvidables y nerviosos primeros coqueteos con chicos de su edad. En plena pubertad y tras la primera menstruación, Mireia entendió que lo que le estaba pasando no era habitual ni aparecía recogido en ningún rincón de Internet. Tras aquella ducha en el baño familiar, sintiéndose ya una mujer plena, se asustó al ver que el interior de su vagina era de un potentísimo rosa fluorescente. Un fenómeno tan inusual como deslumbrante. La luz que desprendía era tal que, siendo de día, escapaba el fulgor por la rendija bajo la puerta del baño.

Lo intentó por primera vez a sus 17 años, bajo el sol de primavera, tumbada en el césped del parque municipal. Confió en el instinto y quiso creer que podría no ocurrir en esas ocasiones o disiparse con tanta luz natural. Le permitió jugar con la cintura de sus leggins, ver el estampado de sus braguitas y vislumbrar El Dorado por primera vez. Él, atolondrado y excitado, sugirió que sería mejor que ella le acariciara.

Ninguno de sus amantes podía contener la sorpresa al descubrir aquel espectáculo tan surrealista. Los murmullos y las miradas incrédulas se cernían sobre Mireia como una maldición. ¿Cómo podía ser tan radiante en su vida pública y tan peculiar en la privada? La desgraciada Mireia se debatía entre el deseo de encontrar la felicidad y el miedo a ser juzgada por algo tan fuera de lo común.

Decidida a encontrar al amante que pudiera aceptarla tal y como era, Mireia se embarcó en una búsqueda tan enigmática como su propia vida. Probó con hombres y mujeres de distintos estratos sociales, edades y gustos, pero nadie parecía estar a la altura de aceptar su singularidad. Había quien huía despavorido, otros la miraban con una mezcla de incredulidad y admiración, pero ninguno lograba ver más allá de la luz fluorescente que emanaba de su ser.

Desesperada, Mireia se sumergió de nuevo en artículos médicos de internet, en foros especializados y por último en los libros antiguos de la biblioteca en busca de respuestas. Leyendas olvidadas, cuentos de hadas y mitos ancestrales se convirtieron en su único refugio. Entre las débiles y usadas páginas, encontró una antigua profecía que hablaba de una criatura única, cuya luz haría de guía para encontrar el amor verdadero. Sería un individuo con un precario sentido del equilibro, de hermosura distraída y corazón herrumbroso.

Inspirada por aquellas palabras milenarias, Mireia decidió no rendirse. Siguió buscando incansablemente, alimentando la esperanza de encontrar al elegido que fuera capaz de ver más allá de su íntimo resplandor fluorescente. Y fue así como, una noche oscura y estrellada, se citó con un perdedor de Tinder en la placa del kilómetro 0 de la Puerta del Sol. 

Después de un rápido cóctel con hierbabuena, él pagó una hora en el tercer piso que hacía funciones de pensión. Y fue hacia la luz.

Era un hombre de mirada estrábica y gesto sufrido, que la observaba con una calma inusual. Sin titubear ni una sola vez, le tendió la mano, sin apartar la vista de su resplandor. «He estado buscándote», fueron las únicas palabras que pronunció antes de que sus labios se unieran en un beso lleno de magia y complicidad.

Mientras él conquistaba el Sol, Mireia supo que había encontrado al amante idóneo, aquel que convertía su luz en sombras chinescas. La vida a su lado sería amor y aceptación. Juntos, emprendieron un viaje hacia un destino desconocido, dejando atrás el peso de los prejuicios y las miradas curiosas. Y en esa noche, bajo el manto estrellado, Mireia encontró la plenitud que tanto había anhelado, en los brazos del único hombre capaz de avivar el resplandor.

Mireia, la profesora fluorescente por Cruzowski tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0

los hermanos hongos

En lo profundo de un sótano oscuro, en las afueras de la ciudad, vivían dos hermanos: Azahara y Mauro. Eran jóvenes, apenas adolescentes, pero su vida estaba lejos de ser convencional. Pasaban la mayor parte del día solos, entre las paredes húmedas y los susurros del sótano. Su madre trabajaba arduamente durante el día, apenas tenían tiempo con ella, excepto por las breves visitas matutinas antes de que partiera nuevamente a trabajar.

La monotonía de su existencia los llevó a construir un mundo imaginario dentro del sótano. Convirtieron los hongos que crecían en las paredes en seres mágicos con poderes increíbles. Inventaron historias sobre estos seres, dándoles personalidades y destrezas únicas. En ese mundo ficticio, los hongos eran la clave para todo tipo de aventuras y misterios.

Un día, tentados por la curiosidad, Azahara y Mauro decidieron probar un pequeño pedazo de uno de los hongos más grandes y extraños que habían descubierto. No podían resistir la tentación de experimentar los supuestos poderes que habían imaginado para ellos. Sin embargo, lo que comenzó como un simple juego pronto se convirtió en una pesadilla.

Después de consumir el hongo, Azahara y Mauro empezaron a experimentar extrañas sensaciones. Sus mentes se nublaron, y comenzaron a ver cosas que no estaban allí. Las paredes del sótano parecían moverse, los hongos cobraban vida ante sus ojos y los susurros se intensificaron en sus oídos. La enfermedad cerebral que habían desencadenado los envolvió en una espiral de alucinaciones y paranoia.

Cuando su madre regresó esa tarde, los encontró en un estado de locura. Azahara y Mauro, confundidos y aterrorizados por sus propias visiones distorsionadas, no la reconocieron. La situación se salió de control rápidamente. La madre, al ver a sus hijos en ese estado, intentó calmarlos, pero el miedo y la confusión los consumían.

En un momento de pánico desenfrenado, los hermanos atacaron a su madre, incapaces de distinguir la realidad de la ficción. Los gritos resonaron en el sótano mientras la tragedia se desplegaba ante ellos. Después de cometer el acto irreversible, Azahara y Mauro quedaron aturdidos, mirando horrorizados lo que habían hecho.

Sin poder soportar el peso de su acción, la locura los envolvió por completo. En un acto desesperado por escapar de la realidad que habían creado, se enfrentaron el uno al otro en un frenesí de violencia impulsada por la enfermedad de sus mentes. El sótano, una vez lleno de imaginación y fantasía, se convirtió en el escenario de su tragedia final. Y así, en un remolino de dolor y delirio, los hermanos se perdieron para siempre en las sombras de su propia creación.

LOS HERMANOS HONGOS por Cruzowski tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0

PANCHITO NO SILBA

En una oscura y tormentosa noche, la anciana señora Margaret caminaba por las solitarias calles de su vecindario. La luz de los faroles apenas iluminaba su camino mientras ella se aferraba a su bastón con una mano y sostenía una jaula con un loro parlante en la otra.

El loro, de plumaje oscuro y ojos penetrantes, murmuraba palabras ininteligibles con un tono siniestro. Margaret, acostumbrada a las conversaciones inquietantes de su mascota, apenas le prestaba atención mientras se dirigía hacia su hogar.

Al llegar a su casa, Margaret notó que la puerta estaba entreabierta, un escalofrío recorrió su espalda. Con precaución, empujó la puerta y entró en la penumbra de su morada. La sensación de que algo estaba mal se apoderó de ella mientras avanzaba por el pasillo.

De repente, un grito desgarrador rompió el silencio de la noche. Margaret se estremeció y su corazón comenzó a palpitar con fuerza. Con temor, se acercó a la sala de estar, donde encontró un espectáculo aterrador: la cajera del supermercado local, conocida por todos en el vecindario, yacía en el suelo, rodeada por una bandada de pájaros negros y ominosos.

Los pájaros, con sus afilados picos goteando sangre, emitían graznidos llenos de malicia mientras se alimentaban del cuerpo inerte de la mujer. Margaret retrocedió horrorizada, incapaz de apartar la mirada de la escena macabra que se desarrollaba ante sus ojos.

En ese momento, el loro en su jaula comenzó a reírse, un sonido que resonaba con una malicia sobrenatural. Margaret sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral mientras el ave continuaba riendo, como si supiera algo que ella no.

¿Qué fuerza oscura había desatado esa horripilante carnicería aviar? ¿Y qué papel jugaba el loro en todo esto? Margaret temblaba de miedo y confusión mientras la noche parecía cerrarse a su alrededor, sumiéndola en un abismo de terror y ciencia ficción del que no estaba segura de poder escapar.

Margaret y Panchito

Con el corazón palpitando con fuerza, Margaret retrocedió lentamente, tratando de escapar de la pesadilla que se había desatado en su propia casa. Sin embargo, antes de que pudiera dar otro paso, una sombra oscura descendió sobre ella desde el techo.

Era una figura imponente y misteriosa, vestida con un abrigo largo y sombrero de ala ancha. La luz parpadeante reveló su rostro pálido y sus ojos brillantes llenos de una inteligencia siniestra.

«¿Quién eres tú?», preguntó Margaret con voz temblorosa, luchando por mantener la compostura.

La figura se acercó lentamente, revelando un par de alas negras y relucientes que se extendían desde su espalda. «Soy el Señor de los Cuervos«, dijo con una sonrisa retorcida. «Y tú, querida Margaret, has interferido en mis asuntos«.

Margaret retrocedió horrorizada al comprender que había caído en manos de una entidad sobrenatural, una fuerza más allá de su comprensión. Antes de que pudiera reaccionar, los pájaros que se alimentaban del cuerpo de la cajera se levantaron en un torbellino oscuro y se abalanzaron sobre ella.

Con un grito ahogado, Margaret fue arrastrada hacia el suelo por un enjambre de plumas y picos afilados. La oscuridad la envolvió mientras luchaba por liberarse, pero era inútil. Los pájaros la atraparon con sus garras y la arrastraron hacia la jaula del loro, que ahora brillaba con una luz sobrenatural.

Con un destello de luz cegadora, Margaret desapareció dentro de la jaula, atrapada para siempre en un mundo de pesadilla y locura. Desde ese día, los lugareños cuentan historias de una anciana desaparecida y un loro, Panchito, que en vez de silbar alegres melodías susurra palabras de terror en la oscuridad de la noche, dejando tras de sí un legado de horror que perduraría por generaciones.

PANCHITO NO SILBA por Cruzowski tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0