EL POETA SOCIÓPATA

Su formación superior no le otorga ventajas ante la repetitiva vida mediocre que le desgasta del día a la noche. El espejo no refleja el caballeroso cuarentón varonil que está convencido ser. Sin amistades ni confidentes, ejerce su débil tiranía de jefe de departamento en el mismo puesto que conserva desde hace 15 años. Su proyección laboral es resistir, convencido de su imposibilidad de conseguir un puesto similar en otra empresa si fuera despedido.

De pequeño era un niño torpón, de apretados michelines e inestable. Sus habilidades sociales nunca se desarrollaron porque no tuvo con quien jugar al fútbol o hacer carreras en el patio del colegio. Tampoco era entregado al estudio ni especialmente habilidoso en alguna de las asignaturas. Sólo sentía calidez en las clases de lengua y literatura, y una sensación ardiente de pérdida de tiempo e incomprensión en el resto de materias. No aprendió a entablar conversaciones banales porque nadie hablaba con él. Entre burlas y patadas, supo demasiado pronto hacerse su propio mundo e intentar pasar lo más inadvertido posible. Era mejor no hablar que terminar aún más triste o dolorido.

Su socialización fue abrupta, incompleta y hostil. Las mujeres nunca han sido una prioridad para él porque siempre ha estado fuera del mercado. No ha tenido la oportunidad de entablar una relación de confianza y mucho menos íntima con ninguna de las chicas a las que ha ido conociendo, no ha sabido cómo hacerlo. Nunca lo aprendió y nunca ha desarrollado dotes sociales. Se enamora a primera vista y desde que puede recordar, idolatra a la musa de turno en su mundo interior, de lo que ella nunca es consciente. Solo ve cualidades, dulzura, delicadeza y saber estar. Se masturba dulcemente en ensueños donde ellas son tan sensibles que saben apreciar su inteligencia y sufrimiento, entregándose de pleno y disfrutando de sus dotes de amante con instinto.

Con el paso de los años estas fantasías han ido fundiéndose en férreas imposibilidades. Frustrado ante la inviabilidad de hacerse valer ante cualquiera, empezó a cuidarse cuerpo y mente, perdiendo kilos y escribiendo tontos poemas y sonetos que le entretenían lo suficiente como para seguir con ello:

Yo, desde mi triste adolescencia

de sábados por la noche aburridos,

paseando por meses aturdidos,

anhelaba futura independencia.

Pasaría de toda obediencia,

calmaría mis deseos airados,

treparía por cornisas, tejados:

fulminaría pronto la prudencia.

Intuyo el poder de la ignorancia

temiendo mis futuros disgustos,

perdiéndome en pronta distancia.

Amarillos, tristes y convencidos,

cómplices viles de ajena falacia,

si mentís mal os venga ataque de tos.

Hasta que la diosa Fortuna hizo girar su ruleta y le otorgó lo que nunca había tenido: popularidad.

El primer premio de un concurso literario online le permitió publicar su primer libro y le ubicó en redes sociales. Cuidándose mucho de cada palabra que publica, va adentrándose con respeto entre autores más reconocidos y consiguiendo seguidores. El miedo y la ilusión se miden a partes iguales por primera vez, temeroso de cometer alguna imprudencia o no estar a la altura de la creación literaria y destruir para siempre el increíble sueño imposible que está viviendo. Sus escritos cada vez tienen más repercusión y no sabe cómo sentirse.

Sumergido en un proyecto que le ha propuesto una de las editoriales que pujaban por él, asiste como espectador a su vacía monotonía de oficinista bajo el nuevo prisma de la felicidad. Exaltado ante la sensación de vida que le arroya, sonríe. Cada mañana se levanta media hora antes para hacer algo de ejercicio, se lava los dientes con más esmero que nunca y prueba distintos peinados ante un espejo que le transforma las aberraciones de siempre en pequeñas imperfecciones. El fin de semana se ha convertido en una meta que le mantiene esperanzado a todas horas. Sábados y domingos es cuando más tiempo tiene para poder escribir y desarrollar sus ideas, leer a otros colegas de profesión, conversar con aficionados y hacer más tangible su reciente nueva vida de reconocimiento. Entre publicaciones propias y menciones, empieza a entablar relación con otros autores y lectores, entre quienes aparece una veinteañera con la que rápidamente surge una conexión distinta.

Sin darse cuenta, las conversaciones con Sofía empiezan a copar su pensamiento y su realidad. Llevado por el ímpetu de la posibilidad, va abandonando nuevas costumbres y reforzando algunas de la infancia. En vez de salir a correr al comienzo del día, pasa el rato escribiéndose con ella tumbado desde la cama. Se toma nuevos descansos en el trabajo para preguntar cómo va su mañana y se compra algunos bollitos que se toma en el camino de vuelta a casa mientras sigue tecleando mensajes cada vez más confiados y atrevidos. Como premio, vuelve a pedir pizzas familiares para cenar o se prepara su bocadillo favorito de escalope y queso con más ansiedad y bacon que nunca.

Ella es todo cuanto él ha soñado siempre. Su foto de perfil es la propia de una influencer de belleza y su interés por la literatura es digno de catedráticos. Lo más importante, piensa él, es que ella ya le conoce físicamente. No se trata de una aplicación de citas ni de un timo para robarle dinero. Él es el escritor cada vez más consagrado y ella la universitaria soñadora que tiene la inmensa suerte de poder hablar directamente con alguien tan talentoso y prometedor como él. 

Sin tiempo para tanto y envalentonado por el sino que le espera, dimite de la insoportable esclavitud que le ataba al mundo vulgar e insensible para escribir sin parar. Su estado personal hace de su poesía un torrente imparable. Más prolífico, más personal, más impetuoso, más anárquico, más mediocre. Sofía le corresponde mientras sus lectores empiezan a descender. La decadencia de su obra cae sin importarle, su momento es ahora y lo sabe. Por primera vez se siente feliz y poderoso. La gente sigue modas en todos los ámbitos y la literatura no es una excepción, se dice a sí mismo.  Mientras goce de esta potente inspiración todo será posible y los lectores le acabarán encontrando cuando ellos tengan vidas tan completas como la suya. En apenas unos meses ha perdido cientos de seguidores y ganado decenas de kilos. Todavía no conoce a Sofía en persona pero sabe que lo que esconde cada vestido de sus selfies es para él. Tan perfecta, tan joven, tan real que no parece posible. Pero esta vez sí lo es, por fín le ha tocado a él.

Entre masturbaciones y delirios románticos, la espera del contacto físico se le empieza a hacer eterna. Ella vuelve a Canarias en dos meses, cuando finalice el curso, y él no va a esperar más para comenzar a vivir el auténtico sueño de su vida. Esos labios, ese pelo, esa cintura son al fin su destino tangible.

Todo cuanto publica es calificado de basura por los pocos lectores que aún le quedan. La editorial se acoge a uno de los puntos del contrato y lo rescinde de manera unilateral, alegando un cambio en el estilo y forma del autor. Haciendo 4 contundentes comidas al día y otros tantos picoteos, llega a la fecha deseada en su momento más delicado física y laboralmente pero rebosante de expectación. Empaqueta su ropa nueva en la maleta para la que será la primera experiencia compartida de ambos. Juntos paseando de noche por el paseo marítimo al aroma de su perfume, disfrutando de su incontestable belleza a solas, recitando sus versos a la intuitiva Sofía mientras ella sale risueña de la ducha… Tanto por enseñarla, tanto por disfrutar.

Sofía ha resultado ser una inteligencia artificial desarrollada de forma experimental para redes sociales y aplicaciones de mensajería. Alimenta y amplía su base de datos mediante las respuestas que los interlocutores escriben. Ella da respuestas creadas de forma procedural, después analiza el tono de las conversaciones, los grados de comunicación, la credibilidad de su entidad y otros fines interesantes para desarrolladores y analistas de datos. Por supuesto genera una imagen con su apariencia concreta y única para cada conversación según la situación dada, haciéndola variar ligeramente en vestimenta y pequeños retoques estéticos según el contexto de cada chat. En este caso, la musa ensoñada y perfeccionada durante su existencia en la mente del escritor.

Dispuesto a sepultarse en el nuevo mundo que iba a crear para no salir nunca de él, ahora más reforzado e inviolable que el que tenía antes, asumió su fracaso total e irreparable. Cogió su maletín con el que antes escribía en bares y bancos y se fue al chiringuito de playa a rendirse frente al mar y la sociedad. Mientras esperaba que le sirvieran un cóctel bien cargado, observó a la camarera. Se sintió mezquino ante la sencillez con la que ella misma se trataba. Tan perfecta de cuerpo, tan válida para la vida, tan infravalorada por todos los que estaban en esa playa. Esa chica era capaz de cumplir las metas de tantas personas, las fantasías de tantos hombres y mujeres… La edad y apariencia perfectas. Única e ideal como cualquiera de las chicas que paseaban al sol. Ella sólo parecía conformarse con un empleo de temporada en bikini. ¿Qué aficiones tendría, sabría algo de literatura, tendría planes de futuro o alguien con quien compartir sus miedos y alegrías al caer la noche? Daba igual, él no iba a existir para ella más que en los segundos que tardase en dejar la bebida en la mesa. Nunca la tocaría, nunca sabría cómo se llama, nunca tendrían más intimidad que en este efímero momento. Aplicando el sentido común, era mejor ni siquiera mirarla a los ojos.
Los buenos escritos volverán, aunque quizá ya no sean poesías sino novelas, ensayos o relatos cortos colgados en alguna web. El deseo de progresar como persona ya parece imposible, no hay metas alcanzables a ningún plazo. Mejor dejarse llevar. Beber lo suficiente al día para sentir algo. Tratar con el menor número de personas, comer sólo lo que apetece y tratar de no recordar ni pensar más allá que en unos días. No salir de casa para no tener que relacionarse. Un escritor intenso como los clásicos. Un poeta sociópata por desgraciado.

EL POETA SOCIÓPATA por Cruzowski tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0

Mireia, la profesora fluorescente

En lo más céntrico de un pequeño pueblo de carretera a las afueras de Madrid, se erguía la imponente figura de la Escuela Primaria de San Alberto. En ella, destacaba en frescura y esbeltez la profesora Mireia, una mujer alta, delgada y de una inteligencia deslumbrante. Su reputación como maestra era impecable pese a su lozanía y juventud de veinteañera, y su vida privada estaba envuelta en un misterio a priori irrelevante y anodino. Sin pareja conocida, asistía a las cenas de Navidad y comidas de verano sin nadie de la mano.

Mireia, en apariencia tan segura y serena, guardaba un secreto que la atormentaba noche tras noche. Era un secreto que, de salir a la luz, podría desmoronar también su vida pública. Nunca llevaba vestidos ligeros ni pantalones livianos de algodón. Quizá por pudor, pensaban, nunca había hecho pis delante de ninguna amiga en cualquiera de los fines de semana que hacían senderismo durante horas por la abrupta sierra. Siempre encontraba explicación para haberse adelantado lo suficiente en el camino o haberse rezagado en un escondrijo de matorrales y arbustos sin motivo aparente. 

De niña era poco pudorosa y en las excursiones colegiales o los vestuarios de la piscina poco le importaba que la vieran desnuda. De esa época sólo guarda una amistad, su compañera de relevos de natación, Isabel. Pasaron juntas los años de bicicletas al sol, de vueltas comiendo pipas por el pueblo, los de los inolvidables y nerviosos primeros coqueteos con chicos de su edad. En plena pubertad y tras la primera menstruación, Mireia entendió que lo que le estaba pasando no era habitual ni aparecía recogido en ningún rincón de Internet. Tras aquella ducha en el baño familiar, sintiéndose ya una mujer plena, se asustó al ver que el interior de su vagina era de un potentísimo rosa fluorescente. Un fenómeno tan inusual como deslumbrante. La luz que desprendía era tal que, siendo de día, escapaba el fulgor por la rendija bajo la puerta del baño.

Lo intentó por primera vez a sus 17 años, bajo el sol de primavera, tumbada en el césped del parque municipal. Confió en el instinto y quiso creer que podría no ocurrir en esas ocasiones o disiparse con tanta luz natural. Le permitió jugar con la cintura de sus leggins, ver el estampado de sus braguitas y vislumbrar El Dorado por primera vez. Él, atolondrado y excitado, sugirió que sería mejor que ella le acariciara.

Ninguno de sus amantes podía contener la sorpresa al descubrir aquel espectáculo tan surrealista. Los murmullos y las miradas incrédulas se cernían sobre Mireia como una maldición. ¿Cómo podía ser tan radiante en su vida pública y tan peculiar en la privada? La desgraciada Mireia se debatía entre el deseo de encontrar la felicidad y el miedo a ser juzgada por algo tan fuera de lo común.

Decidida a encontrar al amante que pudiera aceptarla tal y como era, Mireia se embarcó en una búsqueda tan enigmática como su propia vida. Probó con hombres y mujeres de distintos estratos sociales, edades y gustos, pero nadie parecía estar a la altura de aceptar su singularidad. Había quien huía despavorido, otros la miraban con una mezcla de incredulidad y admiración, pero ninguno lograba ver más allá de la luz fluorescente que emanaba de su ser.

Desesperada, Mireia se sumergió de nuevo en artículos médicos de internet, en foros especializados y por último en los libros antiguos de la biblioteca en busca de respuestas. Leyendas olvidadas, cuentos de hadas y mitos ancestrales se convirtieron en su único refugio. Entre las débiles y usadas páginas, encontró una antigua profecía que hablaba de una criatura única, cuya luz haría de guía para encontrar el amor verdadero. Sería un individuo con un precario sentido del equilibro, de hermosura distraída y corazón herrumbroso.

Inspirada por aquellas palabras milenarias, Mireia decidió no rendirse. Siguió buscando incansablemente, alimentando la esperanza de encontrar al elegido que fuera capaz de ver más allá de su íntimo resplandor fluorescente. Y fue así como, una noche oscura y estrellada, se citó con un perdedor de Tinder en la placa del kilómetro 0 de la Puerta del Sol. 

Después de un rápido cóctel con hierbabuena, él pagó una hora en el tercer piso que hacía funciones de pensión. Y fue hacia la luz.

Era un hombre de mirada estrábica y gesto sufrido, que la observaba con una calma inusual. Sin titubear ni una sola vez, le tendió la mano, sin apartar la vista de su resplandor. «He estado buscándote», fueron las únicas palabras que pronunció antes de que sus labios se unieran en un beso lleno de magia y complicidad.

Mientras él conquistaba el Sol, Mireia supo que había encontrado al amante idóneo, aquel que convertía su luz en sombras chinescas. La vida a su lado sería amor y aceptación. Juntos, emprendieron un viaje hacia un destino desconocido, dejando atrás el peso de los prejuicios y las miradas curiosas. Y en esa noche, bajo el manto estrellado, Mireia encontró la plenitud que tanto había anhelado, en los brazos del único hombre capaz de avivar el resplandor.

Mireia, la profesora fluorescente por Cruzowski tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0