Los empleados de El Corte Inglés siempre me han parecido un poco peculiares, extravagantes y, sobre todo, antinaturales. Su sonrisa inquebrantable, su omnisciencia enciclopédica, su capacidad para aparecer y desaparecer como alevines en un acuario me provocan malestar y sensación de vulnerabilidad. Gobiernan plantas enteras de edificios gigantes desde el anonimato de un impoluto traje, un peinado de revista y una vitalidad irracional. Protegidos por ellos mismos y sus montones de compañeros de otras secciones: la parte de seguros, los de financiaciones, atención al cliente y demás que hacen de ellos mismos un ejército irreductible e infinito a nuestra imaginación. Tantas horas de cara al público, día tras día, lustro tras lustro, y ahí siguen sonriéndote cuando te ven aparecer por la escalera mecánica. A veces ocultos aprovechando pasillos o escondites formados por artículos a la venta, según les convenga, hasta que crean oportuno dejarse ver por tí.
Un mediodía, mientras ojeaba libros de autobiografías envuelto en ese hilo musical infinito, aprovechando la hora de la comida del trabajo, tropecé con un tomo antiguo de formato bolsillo encuadernado en áspera piel escamosa. Era evidente que no debía encontrarse ahí, no estaba plastificado, no tenía etiqueta y olía a perro mojado y mal secado. Todavía fantaseo con el motivo por el que acabó a la vista de todo el mundo, quizá se tratase de un boicot de uno de ellos mismos en busca de venganza o redención. Subí hasta la azotea seguro de estar a punto de disfrutar un momento único y, al abrirlo, el sístole y diástole de mi corazón se aceleraron como si alguien me persiguiera con un hacha: «El Gran Plan Reptiliano: Manual de Invasión Subliminal«.
El lomo del libro tenía marcado un 3 y en el índice de sus rudas páginas verdosas mencionan 2 libros más, que por supuesto no sé dónde se encontrarán pero parecen componer el mismo itinerario de acción pero llevado a otros ámbitos. Este ejemplar en concreto describía un plan maestro para hacerse con nuestra civilización de este modo: infiltrarse en la sociedad humana a través de una empresa omnipresente, El Corte Inglés. Desde allí, los reptilianos controlarían nuestras necesidades, manipulando nuestros deseos a través de ofertas irresistibles, empleados perfectos y productos imprescindibles. Un empujón de una empleada, malinterpretado como fortuito y casual, hizo que se me cayera hacia la lejana acera llena de transeúntes. Nunca lo volví a encontrar.
Su objetivo final: convertirnos en una raza dócil y consumista, lista para ser cosechada en el momento oportuno sin oponer resistencia. Sumisos a cambio de una gran promoción que nos permita renovar el sofá de 3 plazas de polipiel o vestirnos de una firma de moda poco asequible para el ciudadano medio.

Este es el relato que hizo que algo saliera mal, para ellos. Gracias a su difusión, las personas en redes, radios, televisión y periódicos empezaron a contemplar la posibilidad de que ese tomo existiera y estuvieran dirigiéndonos al ocaso de nuestra especie. La humanidad, en su impredecible caos, resistió la domesticación. La crisis económica, la explosión del comercio online y el auge del «háztelo tú mismo» frustraron el plan reptiliano.
Aterrorizados ante la posibilidad de ser descubiertos, los reptilianos están huyendo. Cierran tiendas físicas, abandonan sus puestos de trabajo y se camuflan entre la población, buscando refugio en las alcantarillas y los suburbios.
¿Por qué huyen ahora? ¿Nos tienen miedo? ¿Ya no pueden aprovecharse de nosotros?
Quizás la verdad sea más aterradora: se dieron cuenta de que, a pesar de sus esfuerzos, no podían hacernos felices. La felicidad no se encuentra en un centro comercial, sino en la autenticidad, la conexión y la libertad.
Su huida es una confesión de derrota. Un reconocimiento de que el espíritu humano, con sus imperfecciones y su imprevisibilidad, es indomable.
No sabemos qué les depara el futuro a los reptilianos. Pero una cosa es segura: El Corte Inglés nunca volverá a ser lo mismo.
Ahora, cada vez que veo un escaparate vacío o una sonrisa demasiado perfecta, no puedo evitar preguntarme: ¿Quién se esconde detrás de esa máscara?, ¿humano o reptiliano?
Esa incertidumbre es el precio que pagamos por la verdad.
Y, a pesar del terror, hay algo en mí que se alegra. Porque la libertad no son bares abiertos ni tarjetas de socio exclusivas. Aunque a veces incómoda e imperfecta, la selva de la libertad siempre será mejor que la falsa comodidad de un bosque florido de plástico al que nunca hay que regar.
REPTILIANOS EN EL CORTE INGLÉS por Cruzowski tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0

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