En una oscura y tormentosa noche, la anciana señora Margaret caminaba por las solitarias calles de su vecindario. La luz de los faroles apenas iluminaba su camino mientras ella se aferraba a su bastón con una mano y sostenía una jaula con un loro parlante en la otra.
El loro, de plumaje oscuro y ojos penetrantes, murmuraba palabras ininteligibles con un tono siniestro. Margaret, acostumbrada a las conversaciones inquietantes de su mascota, apenas le prestaba atención mientras se dirigía hacia su hogar.
Al llegar a su casa, Margaret notó que la puerta estaba entreabierta, un escalofrío recorrió su espalda. Con precaución, empujó la puerta y entró en la penumbra de su morada. La sensación de que algo estaba mal se apoderó de ella mientras avanzaba por el pasillo.
De repente, un grito desgarrador rompió el silencio de la noche. Margaret se estremeció y su corazón comenzó a palpitar con fuerza. Con temor, se acercó a la sala de estar, donde encontró un espectáculo aterrador: la cajera del supermercado local, conocida por todos en el vecindario, yacía en el suelo, rodeada por una bandada de pájaros negros y ominosos.
Los pájaros, con sus afilados picos goteando sangre, emitían graznidos llenos de malicia mientras se alimentaban del cuerpo inerte de la mujer. Margaret retrocedió horrorizada, incapaz de apartar la mirada de la escena macabra que se desarrollaba ante sus ojos.
En ese momento, el loro en su jaula comenzó a reírse, un sonido que resonaba con una malicia sobrenatural. Margaret sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral mientras el ave continuaba riendo, como si supiera algo que ella no.
¿Qué fuerza oscura había desatado esa horripilante carnicería aviar? ¿Y qué papel jugaba el loro en todo esto? Margaret temblaba de miedo y confusión mientras la noche parecía cerrarse a su alrededor, sumiéndola en un abismo de terror y ciencia ficción del que no estaba segura de poder escapar.

Con el corazón palpitando con fuerza, Margaret retrocedió lentamente, tratando de escapar de la pesadilla que se había desatado en su propia casa. Sin embargo, antes de que pudiera dar otro paso, una sombra oscura descendió sobre ella desde el techo.
Era una figura imponente y misteriosa, vestida con un abrigo largo y sombrero de ala ancha. La luz parpadeante reveló su rostro pálido y sus ojos brillantes llenos de una inteligencia siniestra.
«¿Quién eres tú?», preguntó Margaret con voz temblorosa, luchando por mantener la compostura.
La figura se acercó lentamente, revelando un par de alas negras y relucientes que se extendían desde su espalda. «Soy el Señor de los Cuervos«, dijo con una sonrisa retorcida. «Y tú, querida Margaret, has interferido en mis asuntos«.
Margaret retrocedió horrorizada al comprender que había caído en manos de una entidad sobrenatural, una fuerza más allá de su comprensión. Antes de que pudiera reaccionar, los pájaros que se alimentaban del cuerpo de la cajera se levantaron en un torbellino oscuro y se abalanzaron sobre ella.
Con un grito ahogado, Margaret fue arrastrada hacia el suelo por un enjambre de plumas y picos afilados. La oscuridad la envolvió mientras luchaba por liberarse, pero era inútil. Los pájaros la atraparon con sus garras y la arrastraron hacia la jaula del loro, que ahora brillaba con una luz sobrenatural.
Con un destello de luz cegadora, Margaret desapareció dentro de la jaula, atrapada para siempre en un mundo de pesadilla y locura. Desde ese día, los lugareños cuentan historias de una anciana desaparecida y un loro, Panchito, que en vez de silbar alegres melodías susurra palabras de terror en la oscuridad de la noche, dejando tras de sí un legado de horror que perduraría por generaciones.
PANCHITO NO SILBA por Cruzowski tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0
